


Ejércitos de esqueletos avanzan incontenibles desde el horizonte, arrasando todo a su paso. En un primer plano se libra la batalla final contra las huestes del mal, que usan tapas de ataúd a guisa de escudos. La masacre es apoteósica, los hombres son empujados en masa hacia un túnel que parece la puerta del infierno (derecha). El carro de los muertos recoge los cráneos (izquierda). Sucumben a la muerte nobles y plebeyos sin distinción. En el primer plano (de izquierda a derecha) el rey agoniza mientras la muerte roba sus riquezas. Obispos y monjas caen, y de nada sirve a los nobles caballeros enfrentarse a ella espada en mano. A la derecha el avispado bufón se oculta bajo una mesa. Como único signo de esperanza, el juglar y una dama dedican sus últimas horas al cortejo amoroso, ajenos a tanta destrucción (extremo derecho).

Este espectáculo apocalíptico lleva un mensaje claro: la muerte no perdona, extermina a todos los seres vivos; y Brueghel lo transmite a través del lenguaje pictórico.
En esta obra, se han querido ver influencias de unos grabados sobre la Danza de la Muerte de Hans Holbein el joven, serie de imágenes que se reimprimieron varias veces en vida de Brueghel. Actualmente los historiadores encuentran conexiones de influencia de la tabla de Brueghel en algunas obras de José Gutierrez Solana para el que constituyó un impacto importante.

Bibliografía:
- ARGAN, G.C. Renacimiento y barroco I: de Giotto a Leonardo da Vinci. Madrid, 1987
- INFANTES, V. Las Danzas de la Muerte: génesis y desarrollo de un género medieval (siglos XIII-XVII). Salamanca, Ediciones Universidad Salamanca, 1997.
- La obra pictórica de Brueghel. Barcelona, Planeta, 1988